Primera Lectura (Hch 8, 5-8.14-17): “La primera lectura puede desconcertarnos un poco, pues en ella se dice que en Samaría había hombres que estaban bautizados porque habían aceptado la fe en la palabra de Dios, pero todavía no habían recibido el Espíritu Santo. Y sólo reciben el Espíritu Santo cuando los apóstoles que bajan de Jerusalén les imponen las manos. Ciertamente con esto no se niega que el Espíritu Santo se confiere normalmente con el bautismo, pero aquí se ve claramente que bautismo y confirmación son dos articulaciones diferentes de un único proceso, y que la Iglesia pudo considerarlos como dos sacramentos” (von Balthasar). Para completar la iniciación cristiana es necesario recibir el Espíritu de Dios que nos comunica la Vida y nos anima a la misión.Salmo (Sal 65, 1-3a.4-5.6-7a.16.20): El salmista invita a todos a aclamar y alabar al Señor por las obras que Él hizo: “Vengan a ver las obras del Señor, las cosas admirables que hace por los hombres”. Y da testimonio de las maravillas que Dios obró en su vida: “yo les contaré lo que hizo por mí…no rechazó mi oración, ni apartó de mí su misericordia”. El anuncio cristiano debe ser semejante al del salmista. Cargado de alegría y esperanza porque el Señor sigue obrando; debe brotar de un corazón que hizo experiencia del amor de Dios que nunca lo ha abandonado.
Segunda Lectura (1Pe 3, 15-18): En la misma línea San Pedro nos llama a dar razones de nuestra esperanza (v.15). A no callar ante un mundo que no comprende a Cristo y muchas veces lo persigue en los cristianos. Es preciso defendernos con suavidad y respeto pero también con la fortaleza interior que brota del Espíritu Santo y nos alienta a no bajar los brazos ni avergonzarnos a pesar de la incomprensión o de la oposición del mundo… “es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (v.17).
Evangelio (Jn 14, 15-21): Después de la última cena, Jesús sigue explicando a los discípulos el sentido de su partida. Se va junto al Padre, pero no los abandona. Comienza un nuevo modo de presencia de Cristo entre los hombres. Es el Espíritu Santo, que Jesús promete a los discípulos, el que va a realizar esta unión entre los cristianos y Cristo. Es este Espíritu de la Verdad que nos ayuda a comprender un poco más de cerca el misterio de un Dios que es amor en sí mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo); nos ayuda a recordar que la medida del amor es Cristo y no nosotros; nos da la certeza que la presencia de Cristo se hace más fuerte y visible solamente en la medida que cumplimos ese mandamiento principal: “A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud” (Cf. 1Jn 4, 10-13).
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