miércoles 17 de noviembre de 2010

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario – 21 de Noviembre de 2010

Contextualización: Celebramos este domingo la solemnidad de Cristo Rey del Universo que corona el año litúrgico. A lo largo de un año hemos recorrido y celebrado los grandes misterios de la fe, guiados en este ciclo por el evangelio de Lucas. Esta fiesta es la culminación del recorrido que hicimos en la liturgia y a la vez figura de la culminación de toda la historia cuando el Reino llegue a su plenitud y “Dios sea todo en todos” (cf. 1Co 15,28).

Aportes para la interpretación:

- Primera Lectura (2Sam 5, 1-3): Este pasaje nos cuenta el episodio en el que David es proclamado como rey; él ya había sido ungido por Samuel cuando era un simple pastor y todavía reinaba Saúl, ahora es confirmado como soberano por el mismo pueblo. David es signo del reinado definitivo con el que Dios iba a reinar sobre el mundo, él recibe del profeta Natán (2Sam 7,11ss) la promesa de que uno de su descendencia sería el rey que iba a “apacentar” no sólo a Israel sino a todas las naciones. En Cristo, el hijo de David, se cumplen las promesas de Dios.

- Salmo (Sal 121, 1-2.4-5): El salmo canta la alegría de los israelitas que peregrinaban a Jerusalén, la ciudad de Dios, la ciudad de David, para alabar el nombre del Señor. Los tronos de la casa de David son llamados también “los tribunales de justicia”, el rey era a la vez juez de su pueblo, responsable de velar por la justicia y la paz.

- Segunda Lectura (Col 1, 12-20): Es un hermoso himno cristológico que nos presenta como en un cuadro un panorama de la creación y de la historia, invitándonos a la confianza. Es una gran acción de gracias por la maravillosa obra de Dios que ha creado todo, que todo lo conserva, que nos ha redimido y reconciliado, que nos hace partícipes de su pueblo santo, la Iglesia. Toda esa obra admirable la realiza por Cristo y para Cristo. Él es, por lo tanto, el origen y el fin de todo cuanto existe, y su sangre derramada en la cruz nos ha perdonado los pecados y nos ha  devuelto la paz.

- Evangelio (Lc 23, 35-43): El texto nos relata el momento de la crucifixión de Jesús. Puede parecer curioso que en esta solemnidad la iglesia elija este pasaje de Lucas para la liturgia. Tal vez esperaríamos un texto donde se nos muestre a un Jesús más triunfal y glorioso. Sin embargo, si leemos con atención, descubrimos que la palabra “rey” aparece varias veces aplicada al Señor, y lo mismo que la expresión “reino”. En este pasaje queda patente que el proyecto de Cristo no era reinar del mismo modo que los soberanos de la tierra (cf. 22, 25-27) sino desde la cruz: “Sobre su cabeza había una inscripción: ‘Éste es el rey de los judíos’” (v.38), sólo allí él no rechaza este título. Su autoridad no es para “salvarse a sí mismo” como le gritaban los que pasaban, sino para entregar su vida al servicio de los demás. El verdadero rey, a semejanza del pastor, es el que da la vida por aquellos que se le ha confiado. Él gobierna y ejerce su autoridad desde el madero de la cruz: “Cuando sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

Pistas para la Reflexión: Sólo en esta entrega suprema, bajo las burlas de judíos y paganos y la huida y la negación cobardes de los cristianos, se manifestó en el Hijo todo el amor de Dios al mundo, de tal manera que este amor divino en la figura del Hijo puede obtener ahora la soberanía sobre todas las cosas” (von Balthasar). Nosotros podemos alegrarnos por tener a Cristo como nuestro rey, que nos reconcilió con el Padre y nos lavó de nuestras culpas con su sangre. Pero también tenemos que procurar entrar en la dinámica de su Reino, que es la dinámica de la humildad, de la entrega, del servicio, del perdón. Sólo así participaremos y extenderemos el reinado de Cristo en nuestra vida y en nuestra sociedad a la espera de que Él sea “todo en todos”.

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