Contextualización: En este domingo las lecturas nuevamente nos invitan a mirar el modo en que nos dirigimos a Dios. Nuestra oración manifiesta con qué actitud nos presentamos ante Él y con qué ojos nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Solamente la humildad y la pobreza de espíritu nos abren el camino para un verdadero encuentro con el Señor en la oración.
Aportes para la interpretación:
- Primera Lectura (Eclo 35, 12-14. 16-18): Este pasaje del libro del Eclesiástico describe la preferencia de Dios por la oración del necesitado, de la viuda, del huérfano, es decir, del pobre. Es una lectura que a la vez ilumina muy bien el evangelio de la semana pasada (la parábola de la viuda insistente ante el juez) porque nos presenta a Dios como un juez justo que no es parcial ni hace acepción de personas (Rm 2, 11). Por otro lado, nos enseña que la oración que llega al cielo, la que penetra las nubes, es la del humilde y no otra (v. 16-17). Por eso el culto que agrada a Dios no es el de un perfecto ritual externo sino solamente el que brota de un corazón pobre y humillado (Cf. Sal 51,19; 34, 19; Is 66, 2 etc.).
- Salmo (Sal 33, 2-3. 17-19. 23): En la antífona repetimos: “Este pobre hombre invocó al Señor y Él lo escuchó” (v.7). Frase que condensa el mensaje de este salmo que es una acción de gracias por la oración escuchada. Pero nuevamente la nota está en la pobreza del orante (no pobreza material sino pobreza en su sentido amplio). Dios está del lado de los humildes a quienes escucha y libra de sus angustias, está del lado del que sufre y de los abatidos que confían no en sí mismos sino en Él.
- Segunda Lectura (2Tim 4, 6-8. 16-18): En la conclusión de 2 Tim que leemos este domingo podemos encontrar algunos puntos de contacto con las demás lecturas. Pablo está a punto de ofrecer su vida en el martirio y da gracias a Dios: “he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe” (v.6), pero eso no es motivo ni de vanagloria (“¡A Dios sea la gloria por los siglos de los siglos!” v.18) ni de desprecio a los demás, ya que pide incluso para los que lo abandonaron la clemencia de Dios a quien llama “justo juez”. Sólo en Él confía su vida y su victoria.
- Evangelio (Lc 18, 9-14): La parábola de hoy, que viene a continuación de la del domingo pasado, tiene como motivación dar una enseñanza “refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás” (v.9). También aquí hay una referencia clara a cómo debe ser nuestra oración, es decir, nuestro modo de dirigirnos a Dios. Y Jesús lo hace otra vez presentando dos personajes contrapuestos: por un lado el fariseo, de pie, consciente de su conducta religiosa intachable y con actitud de desprecio a los pecadores; por otro lado, el publicano, a distancia, sin levantar la mirada, golpeándose el pecho y pidiendo perdón. La conclusión es contundente: sólo el publicano volvió justificado. La justificación puede venir sólo de Dios y no de nosotros mismos (podríamos leer por ejemplo la enseñanza de san Pablo en Rm 2, 17ss), y si es Él quien nos justifica, entonces no podemos gloriarnos como si fuera todo mérito nuestro. Es un vicio muy común en las personas “religiosas” el creerse mejores que los demás por las obras que realizan o por su devoción, sin embargo nos viene bien recordar nuevamente las palabras de Pablo: “que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos” (Flp 2,3). Si nos miramos sinceramente nunca vamos a encontrar una conducta absolutamente intachable. El saber que no estamos a la altura del don de Dios, el sabernos pecadores y necesitados de su misericordia dispone el corazón para que nuestra oración no sea una afirmación de nuestro “ego” sino un encuentro con el Señor que nos ofrece su salvación.Pistas para la Reflexión: “De cuatro maneras suele demostrarse el orgullo de los arrogantes. Primero, cuando cada uno cree que lo bueno nace exclusivamente de sí mismo; luego cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo alto, cree haberla recibido por los propios méritos; en tercer lugar cuando se jacta uno de tener lo que no tiene y finalmente cuando se desprecia a los demás queriendo aparecer como que se tiene lo que aquéllos desean”. (San Gregorio, Moralium 23,7). “Dios se fija en el humilde y reconoce al orgulloso desde lejos” (Sal 138,6). Que el Señor nos libre de la soberbia que nos impide orar de verdad y nos cierra al hermano.
Muy buenno Nico, me da pistas para la homilia!! abrazo fraterno
ResponderSuprimirPAOLA: "ES TAN CIERTO LO DEL ORGULLO" MUY LINDA LA REFLEXION.
ResponderSuprimirEs muy cierto que la humildad es la clave de la vida cristiana. Providencialmente hoy leí que un dicho de uno de los Padres del Desierto (los primeros monjes): "Vi todas las trampas del enemigo extendidas sobre la tierra y dije gimiendo: '¿quién podrá pasar por ellas?' y oí una voz que me respondía: 'La humildad' (San Antonio abad).
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